
El silencio no es salud
Luis Aubrit
“El democraticismo”, que no tiene nada que ver con la democracia, es una postura de cierto grado de hipocresía que, en aras de la institucionalidad, permite la destrucción de la vida de millones de personas en nuestro país.
La hora reclama que quienes debiesen ejercer una amplificación de la voz del pueblo, no guarden un “respetuoso silencio” mientras se condena a la población al hambre y la pobreza.
¿Quién dijo que es democrático “darle tiempo” para que aplique sus claramente anunciadas medidas antipopulares y antinacionales?
¿Es favorecer la democracia permitir la profunda transferencia de recursos de los sectores populares a los grupos concentrados del poder real?
¿Es saludable para la institucionalidad callar ante los anuncios de la represión que viola la constitución y, fundamentalmente, el pacto democrático?
¿es éticamente aceptable “no poner palos en la rueda” cuando ese rodar nos lleva al desastre social? La respuesta a todas esas preguntas es la misma.
A la estatización de la deuda privada que beneficia a los mismos de siempre; a la estanflación que anuncia hambre y miseria para el pueblo; a la flexibilización laboral que quita derechos conquistados con mucho dolor y sacrificio; a la entrega de la soberanía y los recursos naturales en un nuevo capítulo del despojo; a la destrucción de la salud pública y la educación, en definitiva, al plan neoliberal clásico de cuarta generación en nuestro país, hay que decirles que NO, pero, con organización y lucha.
La política y sus referentes no pueden guardar un irrespetuoso silencio con el pueblo para mostrar respeto con el poder.
La historia nos demuestra que el pueblo, más temprano que tarde, hará tronar su voz. Y será con los dirigentes a la cabeza o sin ellos


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